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El músico al que le faltaba algo

6 junio, 2010

por Alejandro Fainstein

Cada día en la vida de Fernando Ruiz era lo mismo. Se levantaba a las 7 de la mañana, se duchaba, desayunaba dos tostadas con café con leche que su madre le preparaba y acudía a la escuela para invidentes ubicada a tres cuadras de su casa. Alrededor de la una de la tarde regresaba, almorzaba rápidamente y se dirigía al patio a esperar. Esperaba y esperaba hasta que su hermano menor, Miguel, volvía del colegio. Apasionado por el fútbol, Miguel cumplía todos los días la misma rutina cuando llegaba a su casa. Tras darle un beso en la frente a su mamá se dirigía al patio, se sentaba en una silla junto a su hermano y comenzaba a hacer jueguitos con una pelota terriblemente gastada de tanto rebotar contra el pie del chico.
En ese momento la vida de Fernando cambiaba completamente. Lo magnífico de su hermano no eran las piruetas que hacía con la pelota, ya que Fernando no podía verlas, sino la música que producía cuando jugaba con ella. Según en qué parte de la pierna o el pie rebotara y con que intensidad lo hiciera producía una nota diferente. Miguel sabía que si la empalmaba con el empeine era un Do, pero si le daba con la rodilla un Re. Así, era capaz de tocar desde el “Himno de la alegría”, hasta la canción más compleja de Los Redondos. De esta manera Fernando disfrutaba escuchando cada tarde de los conciertos más lindos que alguna persona haya presenciado jamás. “¿Podés tocar “Help” de los Beatles?”, preguntaba. “Por supuesto, ¿En alguna escala en particular?”, respondía Miguel ante cada pedido de su hermano.
Los dos tenían sus discusiones acerca de cual canción sonaba mejor, pero lo que no cabía ninguna duda era que la nota más bella era el Fa que se creaba cada vez que Miguel golpeaba de taquito la vieja pulpo. Ese Fa que cuando entraba por los oídos de Fernando le producía una sensación tan hermosa que lo hacía olvidar todos sus problemas.
Sin embargo había una intriga que lo molestaba al ciego de 17 años. Cada vez que su hermano finalizaba una canción murmuraba muy bajito, pero con una decepción más que notoria: “Ay… lástima que me falta una cosa… sino que jugador sería…”.
Por razones obvias Fernando no tenía imagen alguna de Miguel, y cada noche se dormía preocupado por aquella maldita “cosa” que su hermano no tenía. Horas podía pasar en vela, hasta que finalmente pensaba para sí mismo “seguro que es una pavada, ya lo va a conseguir” y se dormía profundamente.
Así pasaron años con Miguel murmurando en voz baja “lástima que me falta… sino que jugador… Maradona, Pelé, serían porotos al lado mío”.
Una tarde de verano finalmente Fernando consiguió el coraje necesario para hacerle la pregunta a Miguel. Había pasado toda la noche sin dormir pensando en los lugares más insólitos en los cuales su hermano podría encontrar aquella cosa que tanto añoraba. Así fue que después de escuchar una hermosa tonada, inspiró aire lo más fuerte que pudo, lo largó y preguntó “Migue… ¿Qué es lo que te falta a vos para ser jugador de fútbol?”.
Por un momento el silencio invadió el ambiente, los segundos pasaron y Fernando rápidamente se arrepintió de lo que había dicho. Tras un largo rato, escuchó como su hermano arrojaba lágrimas al suelo mientras exclamaba: ¡Una pierna, eso es lo que me falta!, sólo tengo la derecha, pero si tuviese también la izquierda sabés que jugador sería…

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