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La confesión

26 junio, 2010

Por Alejandro Fainstein

Sí ya sé, me vas a decir que soy masoquista y puede ser. ¿Pero sabés que pasa? no me importa admitirlo, porque me gusta y mucho. Me gusta que me pateen con bronca o con tranquilidad, que me pisen y hasta que me den cabezazos. Qué se le va a hacer, soy así, pero no soy la única, a muchas les gusta, pero no siempre lo aceptan.

Me tratarán de caprichosa, mal parida, hija de puta y muchas cosas más, pero bueno qué se le va a hacer.

A veces te esconden, te ocultan, dicen que es para defenderte, pero no entienden nada, no me están defendiendo a mí, sino a ellos que como son cobardes no quieren patearme.

Lo que realmente me molesta es que me escupan, eso sí me saca completamente. ¿Qué necesidad hay? ¿Creen que me va a doler menos, que me va a doler más? A esos  no los entiendo. Igual lo que más odio es que me agarren, como si fuera de ellos, que me toquen con esas horribles manos, yo trato de escaparme por dónde sea. A veces puedo, otras no y me desilusiono completamente.

Seguramente te preguntarás si valen la pena los golpes, los insultos, los escupitajos y te digo que sí. Todo lo vale por una sola sensación: chocar contra la red. Eso  no tiene precio, ahí  lo previo desaparece, toda frustración se convierte en alegría en felicidad, en gloria. Se transforma  en algo que todos quieren, que todos añoran, en gol, y sin mí ayuda, eso sería imposible.

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