Skip to content

La incorporación del Beto

22 julio, 2010

Por Gonzalo Anzola

Manuco había rumiado toda la semana la idea de viajar a Caraza a cerrar esa historia que le repiqueteaba en la cabeza y que no lo dejaba tranquilo. Hasta se había olvidado de cambiarle el aceite al taxi, algo que hacía religiosamente una vez por mes con el empleado de la estación de servicio de la esquina, que ya lo conocía y no le cobraba mucho. El taxi era de la empresa, pero Manuco lo cuidaba como si fuera propio y eso lo sabían todos. Lo sabía también la Mariela, que lo conocía como si lo hubiera parido y que lo venía notando raro hacia algunos días.

La noche anterior había practicado durante horas frente al espejito del baño el speach que utilizaría frente a su mujer para justificar el viaje. La Mariela lo amaba y sabía que después del Deportivo Merlo ella era lo más importante, pero era una de esas minas difíciles. De esas a las que no les gustan los chamuyos y, como bien se rumoreaba en el barrio, al Manuco lo tenía bastante cortito.

“Que no lo puedo dejar venir abajo”, “que me pierde aceite por el cárter”, “que los repuestos valen una fortuna y los venden solamente en la fábrica”. Todas las explicaciones le sonaban a sarasa mirándose frente al espejito manchado con pasta de dientes. Pero habría que ver cómo le irían a caer a ella.

La mañana siguiente no cruzó palabra con ella en el desayuno, lo había decidido así casi como una estrategia para demostrarse preocupado –en realidad lo estaba, pero no por el taxi-, se tomó el café de un solo sorbo y se calzó la campera para poner en marcha el auto, un 504 modelo ´82 que no arrancaba sin unos minutos de cebador.

Ni bien tomó por la Avenida Circunvalación sintonizó la 930 para escuchar “La hora del Depo”. El gordo Pereyra, que cubría periodísticamente la campaña de Merlo hacia más de 20 años, no tenía buenas noticias para contarle a los hinchas. El mercado de pases seguía frío y la incorporación del “Beto” Danessa, el 9 por el que se peleaban todos los entrenadores de la divisional, se seguía dilatando.

“Hoy los dirigentes le acercarán una nueva propuesta económica al delantero oriundo de Villa Caraza”, enfatizaba Pereyra mientras Manuco encendía el primero de los tantos cigarrilos que fumaría esa mañana. ¿Cuánto quiere ganar este hijo de mil putas?, murmuró por lo bajo para que el pasajero que viajaba en el asiento de atrás no se sintiera incómodo. s

Al llegar a su casa Manuco fue intransigente, le explicó a la Mariela los motivos del viaje, le dijo que el taxi no podía esperar y partió para Caraza, sin dejarla siquiera omitir opinión.

Se pasó todo el viaje pensando en qué le iba a decir, estuvo a punto de volverse tres veces pero ya había pagado el peaje y arrepentirse no era una posibilidad. Cuando llegó le preguntó a un diariero por la casa del “Beto”, en esos barrios del conurbano se conocen todos y casi que no le costó encontrarlo.

 “¿Qué pasa Beto? ¿Por qué no firmas?, le dijo Manuco no bien el Beto abrió la puerta de su casa con estirpe de recién levantado. ¿Quien sos vos para venir a romperme las pelotas a mi casa en plena siesta?, retrucó un tanto ofuscado el Beto. Es que Betito… entendeme -intentó amenizar Manuco- estoy desesperado. El libro de pases cierra mañana y si vos no firmas nos vamos al descenso. Ya sé que el libro de pases cierra mañana –respondió el Beto-, pero es que…entendeme vos a mí también, no puedo firmar.

 Si había algo que Manuco no hacía en ese momento era comprender que era lo que estaba pasando, pero prefirió quedarse en silencio al notar que el Beto aflojaba, como si sospechara que estaba por confesarle algo importante.

Mirá –volvió a arrancar el Beto-, la Yamila es mi novia desde que tengo 15 años y yo no la puedo dejar así como así… y menos por un contrato con el Deportivo. Manuco cada vez entendía menos. Ella es fanática, pero fanática enserio eh… del Argentino de Merlo. Va todos los domingos a la platea de damas y vitalicios y hasta putea a los árbitros… pero si firmo con el Deportivo me deja, te juro que me deja.

Manuco defraudado, pero comprendiendo internamente que él tampoco dejaría a la Mariela por casi nada, dio media vuelta, subió al 504 –al que esta vez arrancó sin el cebador- e inició su regreso al barrio.

Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: