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El sueño de Marchetti

4 agosto, 2010

Por Leandro Farinello

Heredero de una pasión incontrolable por la camiseta roja del conjunto de Avellaneda, Mario rumiaba la idea de convertirse alguna vez en el nuevo crack del club de sus amores como se lo había prometido a su abuelo Alfredo antes de fallecer y pisar ese verde y esponjoso césped que tenía sembrada La Doble Visera como lo supieron hacer “El Bocha”, “EL Kun” Agüero o por qué no, el indomable “Palomo” Usuriaga, emblemas del por entonces Rey de Copas.
De descendencia Italiana, Mario Marchetti, tenía 16 años y cursaba por segunda vez el primer año del polimodal en Bernal tras haber repetido en el primer intento. A pesar de ser consciente de que los temas que estaba viendo en la escuela eran los mimos que había visto el año anterior, sus notas no eran las mejores del curso, pero a Mario poco le importaba porque él sabía que su vida era el fútbol. Partido que se armaba, partido que se anotaba para jugar. No importaba el lugar, el clima ni la plata mientras que se tratara de hacer rodar la pelota.

 

Un día, su abuelo, “Semilla”, apodo que le habían puesto en la infancia haciendo referencia a “Semilla de maldad” por ser un pibe picarón, había escuchado en un programa de radio partidario la noticia de que el Club Atlético Independiente probaría jugadores de las categorías 1989, 1990 y 1991 el día 20 de noviembre a las 9 de la mañana. Sin dudar un solo segundo, tomó el teléfono, marcó el número de su nieto mayor y le explicó con lujos y detalles que debía

presentarse el Lunes 23 de octubre en el predio de Villa Dominico para dejar sus datos y así, el día de la prueba, el técnico de la categoría ´89 podría tener una lista con los nombres de cada jugador.
Para Mario la posibilidad de probarse en un equipo grande del fútbol argentino era quizás la mejor noticia que le habían dado en su vida. A los 12 años había dado sus primeros pasos en el fútbol amateur jugando para la novena división del Club Quilmes, pero en ese entonces él era muy chico y no estaba preparado para afrontar el largo camino que padecen los futbolistas.
Su padre Oscar, le decía: “´Negrito´, dejate de joder con el fútbol, o estudias o seguís laburando conmigo en el taller”. El apodo “negrito” se lo habían puesto de cariño los amigos de su padre, quien por cierto era un reconocido preparador de autos de carrera en el ámbito nacional.
Pero Mario no quería escuchar consejos de nadie. Él sentía que esta vez sería diferente, ya no era un nene de pecho. En el verano, había entrenado duro para jugar con sus compañeros del colegio la Liga Metropolitana del Sur en el complejo “El Área” ubicado frente a la Villa Eucaliptus de Bernal, y como recompensa al esfuerzo obtuvo el subcampeonato y una medalla al mejor jugador de la final pese de haber perdido ese último partido.
La mañana del 23 de octubre, Mario faltó al colegio y se dirigió con su abuelo rumbo a Dominico para anotarse a la prueba. No era nada extravagante, solo debía dejar sus datos personales y la posición en la que deseaba jugar.
Durante ese mes de espera, Mario se entrenaba todas las tardes en la plaza Alem con Daniel Guerra, su profesor de Educación Física del colegio a quien le había pedido ayuda para no perder el estado físico logrado en el verano.
Nada podía fallar, mucha dinámica, velocidad, toques precisos y una pegada salvaje eran las cualidades que Mario podía desenvolver dentro del campo de juego.
Para Mario, la espera era desesperante. El “Pelado” Guerra le había recomendado jugar algún partido tranquilo antes de la prueba porque ya habían pasado dos meses de la culminación de la liga y en todo ese tiempo no había vuelto a pisar una cancha de 11. “En el fútbol si se pierde el “timing” estas cocinado” decía el profe.
Sus amigos del secundario habían pensado organizar un partido para el viernes 17 contra los chicos del colegio Ausonia, Mario era el número 8 del equipo y no podía faltar ni por broma y menos si le hacía caso al “pelado”, que para él, lo que dijera Daniel era palabra santa.
Los chicos alquilaron la cancha número 3 del “Área”, una cancha complicada, con muchos posos y casi nada se pasto. El partido dio comienzo a las 17 horas. El equipo de Mario vestía las camisetas rojas y blancas que habían ganado por salir subcampeón de la liga que se jugaba justamente en ese predio y los de la Ausonia llevaban puestas unas blancas que le habían alquilado al dueño de la cancha. Desde el inicio, Mario se hizo dueño de la banda derecha mostrando un pique corto, veloz producto del buen entrenamiento con el “pelado”. A los 15 minutos del primer tiempo el turco (delantero del equipo de Mario) perdió un insólito mano a mano con el arquero contrario y de esa situación de gol se generó un contraataque para los de camisetas blancas. El 3 se la llevó por la raya, Mario corrió y corrió para poder alcanzarlo, lo manoteó de la remera y en el momento en el que se iba a arrojar al suelo para barrerle la pelota, pisó mal con su botín derecho y cayó desparramado dando 2 o 3 vueltas antes de detenerse. Los gritos de Mario se escuchaban de arco a arco, sus amigos desesperados corrieron para ver q sucedía. –“La rodilla, la rodilla” gritaba Mario desde el suelo. –“llama al médico” le gritó el Turco al dueño del predio, mientras que Mario se retorcía del dolor en la tierra. En un instante apareció el kinesiólogo del lugar, le tomo la pierna a Mario y con el dedo gordo le oprimió entre la rotula y el aductor. –“¿te duele ahí pibe? dijo el médico. Mario con los ojos llenos de lagrimas por el inmenso dolor gritó –“Si, pará, pará”. Los gestos del Kinesiólogo lo decían todo, -“te rompiste la rodilla pibe” le dijo mirándolo a los ojos.
Mario llorando de bronca y dolor recordó la promesa que le había hecho a su abuelo justo antes de fallecer. La prueba en Independiente era en 3 días y una rotura de rodilla de cualquier nivel, le llevaría más de 6 meses de recuperación. No lo podía creer. La posibilidad de jugar en el club de sus amores se esfumaba de un segundo a otro. En ese mismo instante miró el cielo y dijo en voz baja: -“Perdón abuelo, te fallé”.

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