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La dulce espera

8 agosto, 2010

Por Valery Colombo

La pared de la habitación se parecía a la de una celda con el almanaque de la chica
del mes atrás de la puerta y los días tachados. Una cruz roja cubría cada número
del mes desde el 11 de julio. La espera era insoportable, ni con el nacimiento de su
primer hijo había sufrido tanto. Los domingos eran eternos, los viernes a la noche
aburridos y los sábados estaban destinados a ver los VHS de la historia del Diego.


Cada fin de semana era un calvario, el botón del control remoto para cambiar de canal
ya estaba gastado del zapping que hacía Marcelo entre los pocos canales deportivos del
cable. El llanto del nene reclamando Los padrinos mágicos, o las quejas de su mujer
para ver la última pelícu1a de Brad Pitt fueron en vano, la necesidad de ver rodando una
pelota de fútbol era mayor que el amor por su familia.
El diario anunció lo que él esperaba, lo que él deseaba desde hacía varios días: sus
domingos iban a volver a tener color, iban a volver a tener fútbol. También reaparecería
la rutina de los viernes, la pizza con cerveza mirando el primer partido del fin de
semana. Ni que hablar de los sábados en los que el televisor va a quedar en el canal del
Estado para ver la seguidilla de cruces de ese día.
Todo en su lugar, la pelota volvió al ruedo y Marcelo volvió a su rutina, esa rutina que
se hizo desear por más de 60 días, 60 largos y aburridos días.

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