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Un amor incondicional

21 agosto, 2010

Por Ariel Berra

La celda en la que el Turco y Rafael se encontraban era la más fría de todo Devoto, podría decirse que era prácticamente una cámara frigorífica. Ninguno tenía el abrigo necesario como para combatir la helada, aunque de a poquito se fueron aclimatando. Otra no les quedaba.

El primero estaba allí hacía dos años por haber sido cómplice del robo a un banco, aunque el día que conoció a  su compañero de celda le juró que: “no sabía que el hijo de puta del Piojo se había choreado un fangote de guita”. “El vino a visitarme a mi casa como casi todas las semanas –le contó el Turco-, al rato cayó la yuta, nos metieron a los dos adentro y acá estoy. Me dejó pegado el muy forro”.

El segundo había caído por propio error ya que, desde joven, Rafael era boxeador amateur, licenciado por la Federación Argentina de Boxeo, y por lo tanto con la mano prohibida fuera del ring de combate. Pero hacía poco menos de un mes, le había partido la mandíbula en dos a un galán que se había atrevido a piropear a su mujer en la esquina de Nazca y Mosconi. El comisario que vio la secuencia lo detuvo, lo llevó a la comisaría, corroboró sus a sus antecedentes y, luego de notar que era boxeador -y a pesar de no haber tenido nunca problemas con la justicia-, le dio dos meses de arresto.

Desde aquel día en el que Rafael llegó a Devoto y lo ubicaron junto al Turco, ambos sellaron una amistad que prometieron continuar “afuera”. El Turco era el más charlatán, el que no imponía rodeos al contar sus problemas y siempre se abría para ser escuchado por Rafael que, a pesar de tener 25 años, se había criado en Villa Fiorito, un barrio de lo más humilde, en el que había tenido que pasar muchas de esas cosas para las que ninguno está preparado. Rafael había tenido que crecer de golpe y eso le daba mayor sabiduría para afrontar distintas vivencias. Por suerte, había conseguido por lo bajo unos buenos pesos luego de obtener algunas victorias importantes arriba del cuadrilátero. Por lo bajo, ya que un boxeador amateur no puede cobrar, pero le habían venido muy bien para mudarse a una humilde casita en Villa Pueyrredón.

Todos los santos días desde que se conocieron, el Turco le habló a Rafael del amor de su vida: “Me da alegrías, tristezas”, afirmaba. “Yo sé que hay muchos que sienten lo mismo que yo, pero también sé que es inevitable. La ves ahí brillando y se te pone la piel de gallina, te ponés a llorar, macho. Te prometo, Rafita, que cuando salgamos los dos de acá te voy a llevar a verla”.

Y así era siempre: Rafael escuchando al Turco enamorado. Aunque a veces se confundía, cuando el Turco le decía que muchos sentían lo mismo por ella, lo seguía escuchando porque le llamaba mucho la atención la forma en la que su compañero de celda se ponía cuando hablaba de su amor.

“Yo ni bien salga de este cuadrado de mierda, averiguo si va a estar en la casa y me voy para allá. A veces viaja y hace presentaciones en otras provincias o lugares del conurbano, ahí se me complica. Ni a mi vieja pienso ir a saludar antes, parece un poco desamorado de mi parte, pero creéme que es inevitable. Año y medio que estoy acá adentro y no sé nada de ella, ojalá que le haya ido bien. Estos “covanis” de mierda no te dejan ver la tele, ni una radio te dan los forros”, lloraba el Turco. “¿Hace presentaciones tu minita?, le preguntó Rafael. “Algo así, Rafita, algo así”, le contestó.

Pasó una semana desde aquella charla y ya era hora de que Rafael saliera en libertad “¿Querés que le diga algo al amor de tu vida, esa con la que me torturaste todos los días?”, le preguntó Rafael con cierto grado de sarcasmo. “No, gracias, Rafita. Ya te prometí que cuando salga de acá te voy a ir a buscar y te voy a llevar a verla. Gracias por haberme escuchado, sin vos me hubiese comido las paredes”, le confesó el Turco.

El Turco salió tranquilo de la cárcel de Devoto, fue directo a un puesto de revistas y pidió prestado el diario. Se detuvo en una página. Miró un horario. Lo devolvió y arrancó derechito por Nogoyá para abajo.

A cada persona que se le cruzaba, le explicaba su situación y le pedía con mucho respeto una moneda. La gran mayoría aceptaba. Finalmente consiguió lo que necesitaba: plata para moverse y comunicarse con su compañero. Se dirigió a un locutorio. Pidió una cabina telefónica y se introdujo en ella como señaló la rubia cajera. Llamó a Rafael, le contó que ya estaba afuera y que ese era el gran día. El Turco le dijo que en 20 minutos lo pasaba a buscar. Le pidió plata para la entrada.

A la hora pactada, el Turco estaba en la casa de Rafael, justo en la equina de Ladines y Agustín Álvarez. “Dale, Rafita, dale que no llegamos a horario y quiero ver cuando entra”. “Dale, vamos –respondió Rafael- mi mujer no está sino te la presentaba, pero se fue a llevar a los nene´ al jardín”.

Tomaron el tren y bajaron en la estación Avellaneda. El Turco, un tanto nervioso, interrogó a Rafael: “¿Sos hincha de algún club?”. “No Turco… a mí me gusta el boxeo, Omar Narváez, el “Chino” Maidana, pero de fúlbo la verda´ que no se nada”.          Mientras caminaban, un tumulto de gente les cortó el paso: “¿Quién carajo es el amor de tu vida? ¿Madonna?”, Rafael chicaneó al Turco. Se desviaron por un camino aledaño y dos minutos más tarde se toparon con la inmensa mole de cemento. Ambos, con sus entradas recién compradas en la reventa, ingresaron al imponente cilindro. Rafael no entendía nada, por dentro lo sospechaba, pero no quería molestar al Tuco en un momento tan feliz.

“Llegamos justo Rafita. Subamos un par de escalones así vemos mejor. Dale, dale”, aconsejó el Turco mientras subía casi corriendo unas escaleras bastante anchas.

En el mismo momento en que encontraron un lugar cómodo y con buena visión, una nube blanca formada por millones de papelitos y serpentinas estalló entre cánticos. Cuando la cortina blanca se esfumó y dejó entrever el verde césped y once leones con la misma celeste y blanca, el Turco exclamó con lágrimas en sus pupilas: “Ahí está Rafita… ahí está el amor de mi vida… La Academia… La Academia Racing Club”.

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