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Sueño compartido

26 agosto, 2010

Por Nicolás Vallina

Hacía mucho frío. Era una tarde de pleno invierno. Oscar estaba loco de alegría, feliz. No podía parar de reír. Y no era para menos ya que desde aquel día que fue arrestado, no había pensado en otra cosa que no fuera eso. También anhelaba un reencuentro con sus seres queridos, por supuesto. Pero lo que no había parado de flotar en su cabeza era la idea de quedar en libertad días antes de que llegue “esa fecha”. Aunque, en realidad, esa referencia temporal que tanto había alarmado a Oscar tenía un carácter definitivamente abstracto. En otras palabras, Oscar intuía y sabía que ese momento llegaría. No sabía cuando, si mañana, dentro de un mes o un año más tarde, pero estaba seguro de que llegaría. Y el día que llegara, temía seguir detrás de esas malditas rejas. Ese temor era, sin dudas, lo que más había incentivado a Oscar a esforzarse y mentalizarse en querer recuperar su libertad y reinsertarse en la sociedad.

Entonces, tras haber escuchado en boca de Guillermo Mangoni que ese mismo día, sábado 21 de julio a las 15hs, dejaría de vivir en esa celda de 2 x 2, no pudo contener sus emociones. Reía sólo y en su rostro predominaba la sonrisa del Oscar de antes, del “Oscarcito” del barrio. De aquel Oscar que, sentado en una banqueta, tomaba mates en la vereda de su zapatería, mientras aguardaba por algunos de los pibes del barrio que solían ir a arreglar algún par de botines o zapatillas o bien por alguna cincuentona que necesitara retocar su zapatos de gala. Porque a su despedida de la prisión se sumaba el importante condimento de que justamente ese sábado invernal podía llegar a concretarse aquello que tanto había incentivado al zapatero más famoso de Lobería a abandonar el establecimiento penitenciario.

“Vamos Oscar, o todavía tenés ganas de quedarte acá adentro”, dijo Guillermo. Oscar sonrió y, pensante, consultó: “¿Hablaste con los chicos?”. “No ni una palabra, como me lo pediste. Les va a agarrar un infarto de la alegría cuando te vean”, respondió su abogado y, por sobre todas las cosas, amigo de la vida.

Sus hijos eran tres. Marina, la mayor, vivía desde hace cuatro o cinco años con su pareja y atendía el “polirubro” que juntos habían abierto. Josemir, el del medio, tras haber terminado el secundario había encontrado su rumbo en las actividades agrícolas y trabajaba como carrero en el campo de los “Achaval”. Mientras que el más joven de los tres, Mariano, tenía un futuro demasiado incierto ya que había repetido dos años en el colegio y se negaba a incursionar en experiencias laborales que demandaran un alto grado de exigencia física. “Decí que por lo menos hace deporte sino ya le hubiera metido un lindo boleo en el culo”, había expresado en reiteradas ocasiones su padre. Y la verdad es que no sólo participaba en las distintas disciplinas deportivas sino que, además, se desempeñaba en ellas con mucha capacidad y talento. Tenía muy buena relación, sobre todo, con la redonda. “Ese pibe anda bien, no es joda”, repetía “Rolo”, dueño de la verdulería “Rolito” y coordinador general de las divisiones inferiores de Independiente de Lobería, cada vez que lo veía jugar. “Si jugara un poco de lo que era yo…”, respondía irónicamente Oscar ante los elogios que recibía su hijo.

Guillermo palmeó dos veces la espalda de su amigo y, ya fuera de la cárcel, comenzaron a caminar. “¿Quién diría no?”, suspiró Marconi. “Increíble”, contestó Oscar, no del todo compenetrado en la conversación que entablaba con su amigo. Era evidente que este sujeto tenía la cabeza en otro lugar. Tal vez en aquello que tanto lo había preocupado durante su estadía tras las rejas. “Guille, es cierto que Marian… que… que hoy por ahí… que hay posibilidades de que…”. Sin ser necesario que Oscar completara la frase, el abogado respondió: “Sí, sí, es cierto. Me parecía raro que no preguntaras por eso hermano. Por lo que leí en el diario `La Vanguardia´ hoy a la mañana, decían que sí. Pero no se, veremos. Tenés que estar tranquilo, Oscarcito.”

Ambos subieron al coche. Guillermo intentó poner en marcha su Cupé Fuego, pero el auto no reaccionó. “Está frío, vamos a esperar que caliente un poco”, argumentó el dueño del vehículo. Tras otro intento fallido, finalmente arrancó. “Vamos a tener que ir derecho para allá, ¿no?”, consultó el acompañante. “Sí, hermano. En diez minutos empieza. Salvo que antes quieras hacer algo o…”. “No, no, vamos derecho para allá. Además, “la Mari”, la nena y “el Jose” deben estar ahí. Pisalo Guille, pisalo. Estamos llegando tarde”, contestó rápidamente Oscar.

Habrían pasado aproximadamente 20 minutos pero para Oscar el camino hacia la cancha duró muchísimo tiempo más. Es que los nervios lo consumían. Miraba detenidamente el cartel gigante situado en la parte posterior de la puerta principal: “Bienvenidos al Estado Juan José Eder”. Estaba recién pintado. No alcanzó a hacer explícito su juicio personal acerca de la remodelación de la entrada del estadio cuando “Nelly” y “Laura” (dos mujeres que, por tener a sus hijos jugando en las categorías infantiles de la institución, colaboraban cobrando las entradas del partido) se acercaron a saludarlo eufóricamente. Oscar devolvió el saludo y apuró a su amigo para ingresar. “Ya empezó, la puta madre…”, pensó.

Al ingresar, debatieron si era conveniente ir a la platea que quedaba detrás de los bancos de suplentes o ubicarse detrás del arco que daba al puesto de choripanes y hamburguesas. Claro, porque en la Liga de Necochea, el precio de las entradas es uno, 10 pesos, independientemente del sitio que el simpatizante elija para ver el partido. Se asigna un sector para el público local y otro para el visitante, pero los costos no varían. Ante la disyuntiva, optaron por ir a sentarse en la zona de plateas, detrás del banco de Independiente.

El clásico había empezado. Mientras corrían en búsqueda de un lugar por detrás de la tribuna popular, podían ver (por entre los escalones de la misma) las camisetas rojas que se entremezclaban con las negras y amarillas. Guillermo comenzó a subir los primeros escalones de la tribuna. “Andá que ya subo”, le dijo Oscar, que prefirió observar los primeros minutos del partido pegado al alambrado.

Había mucho público, cómo suele haber en estos partidos picantes, chivos. En estos clásicos de barrio, de pueblo, donde todos los habitantes concurren al evento. O sos del “Rojo” o sos del “Aurinegro”, es simple. También había muchas banderas. “Mi amor es uno”, “Yo no abandono” y “Vení a buscar la tanga que te olvidaste en casa el año pasado”, eran “los trapos” rojos y blancos que sobresalían entre la parcialidad local. La hinchada de Jorge Newbery había colgado los suyos, obviamente. Y a Oscar, uno de los máximos goleadores de la historia de Independiente (que tuvo su esplendor en la década del ´80), estos condimentos extrafutbolísticos lo movilizaban mucho emocionalmente.

Oscar empezó a observar detenidamente a los jugadores de su equipo. Buscaba algo. O a alguien, mejor dicho. De ocho estaba “el Negrito Jiménez”, de cinco “el Tati” y por izquierda le parecía que Nico Suarez, pero no lo alcanzaba a ver con nitidez por la distancia que había desde su posición. Jugaba muy bien Nico y no podía estar en el banco, reflexionó. Entonces fue ahí cuando miró atentamente a ese enano que llevaba la 10 en la espalda, debajo del sponsor “Remises Escorpio”. Era él, sí, era él, por los rulitos, por la forma de correr, por cómo trataba la pelota. Y Oscar no lo podía creer y miraba a sus alrededores como para verificar en boca de alguien si lo que estaba viendo era real o si formaba parte de ese sueño que tantas veces había recreado en prisión. No encontró a ningún conocido y volvió a centrar su mirada en la pelota. “El 10” intentó gambetear al volante central de Newbery pero no pudo. Con presencia y temperamento, “el 5” de ellos le había robado muy bien el balón. Entonces Oscar, se enloqueció, enfureció y no logró controlar sus impulsos: “¡Nene, parecés una bailarina. Poné la patita Mariano porque no te traigo más. Esto es Independiente hijo, que carajo te pensás! El grito lo escuchó todo el estadio. Esa voz ronca y fuerte era fácilmente identificable. Por esa razón, Mariano se dio vuelta y comenzó a buscarlo. Y sí, ahí estaba. Con la clásica campera marrón, el bigote pronunciado y la gorra negra que tenía la visera bien plana. Su padre lo estaba viendo, en el día más importante de su vida, en el día del debut. Sintió ganas de ir a abrazarlo, de estar con él. Las piernas le temblaban. De todos modos, mantuvo la calma y se metió de lleno en el partido.

Mariano corrió 50 metros. Tomó la decisión de ir a colaborar en defensa, desobedeciendo a  su entrenador, que le pedía que no retrocediera demasiado. Venía midiendo “al Mono” Gómez, delantero de ellos que, cuando quiso tirar el centro, se encontró con el pie zurdo del joven enganche del Rojo. Mariano recuperó la pelota, se ganó el aplauso de su público y avanzó hacia campo contrario. Oscar fue, tal vez, uno de los pocos que no aplaudió el esfuerzo de su hijo, pero por dentro era el que más lo celebraba.

“El 10”, lanzado en velocidad, comenzó a eludir rivales. Primero dejó en el piso al “5” que anteriormente le había robado la pelota y, después, ridiculizó al muy alto defensor de Newbery, González, con un exquisito caño. La gente enardecía y no era para menos porque ahora también dejaba en el camino al último hombre de ellos, al Polaco Manzino. Ya cara a cara con el arquero, Mariano demostró toda su habilidad y lo gambeteó con mucha facilidad para quedar sólo frente al arco. Había que empujarla. La mitad de Lobería estaba a punto del delirio. Sin embargo, el que lejos estuvo de festejar fue Oscar. Porque tras la quinta gambeta, el cuerpo no le respondió y ya no vio más nada.

Oscar abrió los ojos. Estaba en casa, acostado. Frente a él estaban sus tres hijos, “la Mari” y “Chuky”, el perro, que le lamía la mano. “¿Qué pasó? ¿Qué hago acá? ¿Y el partido?”, preguntó, desorientado. “Tomá amor”, le dijo su esposa y le entregó el diario en mano. Oscar lo acomodó, se puso los lentes y leyó con atención los titulares de la tapa. Entonces, el llanto tomó protagonismo en su rostro.

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