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Un pibe que creció de golpe

16 octubre, 2010

Por Julián Sanz

Con 1,97 metros de altura, Sebastián Balsas está dando pasos agigantados a pesar de los obstáculos que le puso la vida.

Debido a la crisis económica de Uruguay de 2002 , se fue a vivir con su familia a España cuando tenía 15 años, donde trabajó como administrativo en una fábrica de colchones. Sin embargo, a los 21 años la vida le dio un giro inesperado: volvió a su país de vacaciones y, al jugar un partido de fútbol en cancha de 5, un representante le vio condiciones y le ofreció quedarse.

Estuvo una temporada en la Tercera de Liverpool pero le costó retomar por cuestiones físicas. Regresó a España pero un llamado de su tío lo hizo volver porque Miramar estaba buscando delanteros, donde quedó aunque estuvo seis meses sin contrato. Finalmente, se subió al último vagón de un tren en marcha cuando se probó en Racing de Montevideo y 20 minutos le alcanzaron para convertir dos goles y reavivar una llama interior que nunca se había apagado. A partir de ahí, la alimentó con goles y despertó el interés de los clubes grandes de Uruguay. Tuvo ofertas de Peñarol y Nacional, pero  a la hora de tomar una decisión, su fanatismo inclinó la balanza hacia Nacional. Sus buenas actuaciones hicieron que Ramón Díaz, actual entrenador de San Lorenzo, lo conveciera de cruzar el charco para seguir creciendo.

– ¿Cómo es vivir en Argentina lejos de tu familia?

– Por suerte vengo de una familia muy unida, aunque ahora esta un poco dividida. Tengo a la mitad en Zaragoza, donde están mis padres y hermanos, más algunos primos y tíos, aunque mis abuelos siguen en Uruguay. Por suerte, mi novia se volvió de Europa y hace unos días está conmigo. Con su apoyo se hace todo más fácil, pero igual uno siempre extraña. Es complicado tener a la familia lejos, pero con el fútbol a veces hay que sacrificarse. Me toca tenerlos a distancia pero yo siento que están conmigo y, además, hablamos y chateamos todos los días. Ni bien llego de los partidos, lo primero que hago es llamarlos para tratar de transmitirles mis sensaciones y ellos las suyas.

– Ahora estás acá con tu novia, ¿no vivís más con Emiliano Alfaro?

– No, me mudé hace una semana con ella. Igualmente, me sigo juntando mucho con él porque además de ser un gran compañero es un excelente amigo y una muy buena persona.

– ¿Cómo era convivir con Alfaro?

– Me hizo todo más fácil. Está preparado para vivir solo: cocina, lava la ropa y demás, todo lo que no hago yo. Hizo un curso de cocina y a veces me demuestra que no fue al divino botón. Aunque en realidad, casi siempre comíamos afuera, pero cuando tocaba cocinar siempre lo hizo él, salvo una vez…

– ¿Vos cocinaste esa vez?

– Sí, panchos (risas). No sé hacer muchas cosas más. La verdad que le estoy muy agradecido a Emiliano. Cuando llegué a la Argentina, estuve los primeros diez días en un hotel y él siempre me decía que me fuera a su casa. Después estuve dos meses en su departamento y me trató de una manera fenomenal. El otro día lo fui a visitar y el portero me bromeaba diciendo que Emiliano andaba con cara triste y que me extrañaba un poco.

– ¿Cómo se dio lo de irte a España?

– La crisis en Uruguay fue una época complicada. El bar de mis padres empezó a andar mal y ellos decidieron que lo mejor era ir para España ya que teníamos el pasaporte comunitario. Más que nada era por el futuro de la familia y por una mejor calidad de vida. Mi papá terminó trabajando 16 horas por día y prácticamente no veía a mis hermanos menores.

– Después volviste a Uruguay y se dio todo muy rápido, ¿no?

– Sí, hubo muchas idas y vueltas. A los 15 me tocó dejar todo y empezar una nueva vida en España, donde trabajé de administrativo en una fábrica de colchones. Después, a los 19 años volvimos a Uruguay de vacaciones y la vida me volvió a dar un giro increíble: me terminé quedando en mi país porque jugué un partido de fútbol 5 y un representante, Gustavo Nikitiuk, me vio condiciones. Ahí viví cuatro años con mis tíos y primos, que son como mis segundos padres y hermanos.

– ¿Estar en San Lorenzo es un premio a tanto sacrificio?

– Sí, se disfruta el doble. Cuando a uno le cuestan las cosas, después las saborea de una manera diferente. Nadie me ha regalado nada para estar donde estoy. Voy por el buen camino. Con 24 años, estar en San Lorenzo y rodeado de todos estos futbolistas, hace cuatro años atrás quizás era impensado.

– ¿Los jugadores te ayudaron mucho en la adaptación?

– Sí, les estoy muy agradecido porque cuando uno tiene a la familia lejos, los compañeros son muy importantes. Estoy siempre con ellos: concentramos dos días antes de los partidos más los dobles turnos de la semana. Me hicieron las cosas más fáciles en mi adaptación a Argentina. Son como mi familia.

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