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Por el amor de una mujer

1 noviembre, 2010

Por María Eugenia Gambetta y Noelia Tegli

Hay hombres que suelen ser pollerudos, a los que se le ríen en la cara por decirle “te amo” delante de sus amigos a la novia, los que viven regalando flores, los que van de la mano por la calle… Por la tele, Rafael Ulloa, o el “Negro” como le dicen los amigos de su Paraná natal, parece el tipo más fuerte, mas macho y por el que todas las minas se desviven. Pero un rugbier no está todo el día con la ovalada en la mano y no deja de ser un pibe común y corriente.

“Quiero que dejes el rugby, no quiero un marido que a los 40 años no se pueda ni mover porque está todo quebrado. Si seguís jugando al rugby la cortamos acá”, fue la frase que desmoronó todo lo construido en casi ocho años. Laura, la novia del Negro, no estaba dispuesta a compartirlo con la pasión del deporte. No era elegir entre botines 42 o 43, ni entre la camiseta manga larga o corta. Era más profundo, iba más allá de todo.

“Fue uno de los peores momentos de mi vida cuando la Lauri me dijo eso, sentí que se me terminaba todo. No te voy a negar que por un momento lo pensé, lo dudé. Si no lo admitiría sería un careta”. Ellos se habían conocido en la plaza del barrio, donde paraban todos. Como el Negro era el fachero del grupo, siempre estaba rodeado de los otros pibes que querían ligar “las sobras”. Pero con Laura fue distinto. A poco de conocerla se dio cuenta que era la mujer con la que quería compartir el resto de su vida. Ella no se había opuesto al futuro de Rafael y no dudó en acompañarlo cuando él decidió venir a estudiar Medicina a Buenos Aires y a probar suerte en el Club Monte Grande, al cual había sido recomendado por un conocido de sus pagos.

El Negro se instaló en la “Gran ciudad” con Laura, comenzó a cursar la carrera y quedó en la Pre Intermedia de Monte Grande. Durante un buen tiempo, todo se había llevado a cabo como lo había planificado desde siempre. Hasta que llegó el día del quiebre, el que nunca pensó que podría pasar.

Todo transcurría normal. Rafael ya estaba preparando las últimas tres materias que le quedaban para obtener el tan ansiado título, se había convertido en el capitán del equipo, ya jugando para la Primera y con Laura estaban planeando el casamiento. En realidad, dando los toques finales, porque ya tenían fecha, salón, catering, las tarjetas, el vestido, el smoking, casi todo. Pero la mañana del lunes 23 de agosto se desvaneció todo. Ese “Quiero que dejes el rugby” que salió con la voz quebrada de la boca del amor de su vida lo puso entre la espada y la pared. Entre el pedido y la respuesta que dio Rafael habrán pasado cuatro segundos, sin dudas los más largos de su vida.

“Cuando le di mi respuesta se quedó helada, no reaccionó. De lo que hice no me arrepiento para nada, ya está. Fue tirar gran parte de mis sueños por la borda, pero lo repito, no me arrepiento ni lo voy a estar nunca. Me va a costar asumir después de tantos años de pasar noches sin dormir por ansiedad, de prepararme para el día indicado, de muchas cosas que me acompañaron y son parte de mí. Las fotos también son lo que me matan, es como si volviese a vivir esos momentos”, recordaba el Negro, ya a punto de largar alguna que otra lágrima, aunque su orgullo y frialdad no se lo permitiesen.

Los hombres de verdad se la juegan por lo que aman, y dejan atrás lo que digan. Lo que vale es lo que uno hace con el corazón, con el sentimiento, que siempre es el que tiene razón. Elegir a una mujer, a su mujer, a su flaca querida de siempre, a la Lauri por sobre el rugby no fue una decisión que costó.

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One Comment leave one →
  1. Gonzalo Puig permalink
    3 noviembre, 2010 11:57

    seguro escucha arjona

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