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Como todas las veces…

17 noviembre, 2010

Por Joaquín Paulina

   Entre el séptimo y el octavo día del mes, voy religiosamente al banco. Como todas las veces, me atiende con prolijidad la mujer canosa, austera, parapetada detrás de unas enormes gafas negras. Como todas las veces, garabatea el recibo que me habilita a pasar por la caja. Desde allí, como todas las veces, mi mirada se extiende por el amplio salón detrás de los mostradores y, como todas las veces, mis ojos se detienen en la misma y misteriosa persona. No sé cómo se llama, ni quién es, ni qué hace allí. Deambula entre los escritorios, a veces con papeles en la mano. Nunca habla con nadie. No hace nada determinado. Siempre se pasea tan ausente que hasta parece que sólo es visible para mí. La observo en detalle y con devoción en su interminable recorrido. Sólo me interrumpe el saludo de la cajera. Tomo mis billetes y me voy, casi con pesar pues no la veré hasta el próximo mes.

   Recorro las calles de mi ciudad y me detengo en alguna que otra vidriera. No busco ni miro nada, lo hago porque el vidrio me devuelve la figura del hombre que llevo en mí y que creía conocer. ¿Por qué esa mujer me conmueve tanto? ¡Sólo me atendió una vez! Allí nació este hombre que voy descubriendo al tiempo que trato de descubrirla a ella. Enganchó mis ojos en su mirada, y me oí balbucear cuando mis dedos rozaron sus manos al extenderle el documento. Sin mirarme, realizó más rápido de lo que yo deseaba el monótono trámite y rumiando lo que pudo haber sido un saludo de despedida me entregó el recibo. Giró sobre sí misma y se marchó. Así, dejándome como un dibujo. Con una mueca estúpida en mi rostro. Expresión que tuve el tiempo que duró el encuentro. Nada.

   Incapaz de articular movimiento y con mi vista adherida a ella, salí de mi estado catatónico. Entonces comencé a observarla con detenida atención, creo que para encontrarle algún defecto. Fue inútil.

   Su figura es imponente. La feminidad, se le escapa por los poros y ondea en el amplio salón cruzando incluso los mostradores. Puedo sentirla cuando pasa junto a mí. Lleva en su apolíneo rostro, dibujado un mohín que parece una sonrisa y sus labios generosos, son en sí mismos una promesa. La cabellera prolija, salpicada de grises, acentúa el atractivo en su conjunto. La suave vellosidad de su nuca invita a besarla y sus orejas podrían ser el nido seguro de osadas caricias.

   La he pensado y buscado en mis escasos paseos citadinos en vano. Pareciera que sólo habita en el banco. A medida que se suman los meses y esta rutina se va instalando en mi mente, se me hace difícil sacarla de allí. He intentado ocuparme más de lo habitual para no pensar en ella. Esto es ridículo o patológico. Me hundo en mi computadora, pero no puedo escribir. El tiempo pasa veloz. A la misma hora de siempre, Mario, de regreso a su casa se detiene en la mía. Tomamos un whisky como aperitivo de lo que será una cena frugal y solitaria. Intento sostener la conversación, pero no lo escucho. Con la discreción que lo caracteriza decide retirarse antes de lo acostumbrado. No lo detengo porque en realidad quiero estar a solas. Mejor dicho con ella en mis pensamientos.

   No voy a cenar. Me sirvo otro whisky, esta vez sin soda. La frescura de la noche de estío que entra por el ventanal, me invita a salir y casi con pereza me dejo caer en uno de los sillones apenas iluminado por el brillo de la luna. Como lo siento encantador me quedo en la penumbra. El amplio jardín termina con un pequeño cerco de crataegus que da a una calle posterior a la casa y que casi nadie transita, pero no tengo miedo. El viejo labrador, echado a mis pies y con su cabeza erguida, otea la oscuridad del otro lado del cerco. Con holganza llevo el vaso a mi boca y apuro su contenido para encender el tercer cigarrillo de las últimas dos horas. Estoy fumando demasiado y no corrijo nada. Mis ojos se elevan y en las sombras de la luna me entretengo buscando figuras; un viejo rostro, una flor, ¿un corazón? ¡Qué oportuno! Detengo la búsqueda y quedo expectante. Un ruido en la hierba me recuerda las mejores películas de suspenso. No me levanto. No me animo. O el whisky me lo impide. El perro no se ha movido, aunque advierto que está atento y mueve la cola con lentitud. Los animales no se equivocan. Me tranquilizo. Seguro que es Mario que regresa en busca de algo.

   Una figura se desprende de la oscuridad y se perfila poco a poco. El perro se pone de pie y sacude con viveza el rabo. No es Mario. Sin moverme del sillón, puedo distinguir una silueta femenina, imponente. Mi corazón se detiene, no muevo ni un músculo, no pestañeo. Si es una visión alcohólica, no quiero que se disipe. Se acerca con naturalidad, como si cumpliese una rutina nocturna y yo la estuviera esperando. Se detiene ante mí, la luna a sus espaldas no me deja verle el rostro. Acaricia con distracción la testuz del perro que se aleja cediéndole el lugar. Se acuclilla ante mi regazo y apoya con ternura sus delicadas manos en mis rodillas. Casi no puedo respirar. Todo escapa a la lógica más elemental. Si estoy soñando no quiero despertar. Sus manos trepan suaves por mis piernas y a través de la tela puedo sentir su tibieza. No se detienen y en su recorrido van despertando cada fibra de mi ser. Llegan a mi rostro y lo retienen entre ellas, en actitud contemplativa. Mis ojos están cerrados pero lo adivino y capturo la magia. Sus dedos perfilan el contorno de mis labios que se separan en un imperceptible gemido. Me atrae hacia ella. Recorre mi rostro con su boca, demorándose una eternidad, olisqueando, reconociendo con su olfato mi piel. Mientras, nuestras manos inventan bailarines con los dedos que danzan alrededor de nuestros cuerpos. De repente se cierran en un firme apretón. Los labios se encuentran en un beso demorado y goloso. Jamás he besado ni me han besado así. El cielo azul de fin de año, explota dentro de mí y los fuegos artificiales abren la paleta de colores, formando sorprendentes figuras, aquí y allá. En cámara lenta, nuestros cuerpos se deslizan hasta la alfombra de yute, se distienden y se acomodan lánguidos.

   Al instante me encuentro en una playa ya visitada, pero todo es distinto. La tibieza del sol penetra en mi piel y se transforma en un intenso calor que nace en mis entrañas. Poco a poco, el agua lame mi cuerpo, me lleva mar adentro. El ritmo místico de las olas me hamaca.

   Sólo falta un coro gregoriano. Ya en lo más profundo, una ola que amenaza ser enorme me eleva hasta su agresiva cresta. Tengo miedo que desaparezca y me deje caer. No me suelta, pero no es menos agresiva. Me da vueltas y vueltas. Incapaz de desprenderme, noto sorprendido que tampoco quiero dejarla. No sé cuánto tiempo ha transcurrido. Sumido en mi complacencia, apenas percibo que soy transportado de regreso a la playa. Ha comenzado el ocaso. Como en una aguada de acuarelas, la luz se disipa y me cubre la oscuridad salpicada de estrellas.

   La noche se hace más fresca. Tomo conciencia de ello y me incorporo de la alfombra. Confundido, no alcanzo a definir mi ánimo. Entro corriendo a la casa y el ventanal me devuelve un rostro relajado, casi dichoso. Al cerrar las ventanas el labrador, echado con su cabeza sobre las patas delanteras me mira compinche. Me da las buenas noches con un imperceptible gruñido, mientras mueve la cola al ras del piso. Con dificultad llego a mi cama vacía y desparramo mi dulce cansancio encima del acolchado. Mis ojos bajan con lisura y voy cayendo en un pozo.

   Me despierta el sol de la mañana. Vuelvo a cerrar los ojos pero en plena vigilia recapacito que estoy vestido y por encima de la ropa de cama. He dormido profundamente y, por lo visto, sin las consabidas vueltas que suelo dar, peleando al insomnio que en los últimos días pretende instalarse en mi cama. Me paro frente al lavabo y en el espejo me veo desaliñado pero con un rostro que parece feliz. No es para menos. Seguro fue el whisky sin soda. Tendré que comprar más.

   Una rápida ducha, me activa a enfrentar el nuevo día. Mientras me visto recuerdo que, entre otras actividades, tengo que ir al banco. Como todos los meses. La inquietud mariposea en mi alma y me recuerda el sueño. Ojalá pudiera captarlo en forma indeleble en mi mente, para recrearme en las imágenes cada vez que lo desee. Siempre.

   Entro al edificio preparado para esa rutina que hoy, no me resulta indolente. Me doy cuenta que sonrío porque la austera empleada de las gafas negras me mira por un instante. Camino hacia las cajas, mientras la busco con ansiedad para contemplarla con embriaguez. Como todas las veces. Allí está. Podría reconocer su espalda entre miles. Deslizo con placer mi vista en toda su figura. Hoy, la siento casi familiar.

   De repente gira sobre sí misma. Atónito advierto que posa sus ojos en los míos.

   Me sonríe con plenitud y me guiña un ojo.

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